noviembre 08, 2010

Jorge Meretta. La magia evolucionada

Meretta puertas adentro

A Jorge Meretta lo conocí un día en que julio se abría en dos mitades. Fue un quince, cuando la tarde tendía sobre Montevideo sus últimas horas. El apartamento estaba sobre la calle Garibaldi, dándole la espalda al sol. Por eso, desde la ventana de la cocina, una portentosa columna de luz se entretejía en la madeja de humo que nos cubría. Los minutos se repartían entre largas pitadas, palabras, un desorden de libros y unos rostros teñidos crepuscularmente. Yo estaba ahí para hablar sobre un documental en el que pretendía incluir a quien ahora tenía enfrente; y de pronto, velado en la humareda dorada, tuve esa rara sensación de sentirme adentro de una película; de estar ambientado bajo alguna gelatina o artilugio fotográfico. De algún modo, el documental ya había comenzado. Lo que siguió fue una conversación –en rigor- artística que se extendió tanto más de lo que ninguno de los dos hubiese pretendido. Los relojes se habían convertido en manchas vacías contra la pared. Y cuando volví a significarlos, el humo ya había tomado el color de la penumbra. El poeta, entonces, había quedado encuadrado en una pared gris con un par de oleos desolados. Y lo que puede parecer una ingenuidad, lo sentí adentro como un golpe de campana: nos bastó sólo ese lapso, de quizá poco más de dos horas, para convertirnos en amigos. Creo que ambos nos quedamos con la sensación de que ya nos conocíamos, aún antes de habernos visto jamás. Tenemos empatía, me dijo. Por primera vez sentí que esa expresión era una necesidad, casi eufemística, para darle una solución provisoria a lo que estaba sucediendo. Pero la palabra salió en una bocanada de humo, como un fonema maniatado en la semitransparencia.
Jorge Meretta me había entregado su conocimiento con la afabilidad de un maestro. Y además, un par de tesoros que me llevé dedicados, junto a una amistad, para cuidar debajo del brazo.


Meretta después de las puertas

Jorge Meretta (Montevideo, 1940) quizá sea uno de los poetas más prolíficos y refinados del Uruguay. Su producción, que abarca más de una sesentena de títulos, tiene momentos de una calidad literaria muy difícil de encontrar en los últimos cincuenta años de la poesía nacional.
Meretta es un creador polifacético y auténtico; portador de una voz acrisolada en el continuo de una obra tan vasta, y de pasajes tan exquisitos, que cualquier antología de la poesía uruguaya debería necesariamente incluirlo. Desatender la poesía de Meretta es desoír una de las expresiones de mayor sensibilidad artística de los últimos tiempos. Como sonetista, prosélito quevediano, es un digno continuador de la tradición uruguaya de versificación endecasilábica, tal vez dentro de un panorama que no encuentra referentes así desde la ausencia de Álvaro Figueredo, Juan Cunha o Concepción Silva Bélinzon por citar algunos del los autores que hicieron culto de esta educada forma de expresión.

Cuando entramos en la poética meretteana abrimos la puerta hacia un misterio y un caos concertado de una forma tan exquisita, que ni siquiera el autor debe ser enteramente consciente del fragmento cósmico que ha construido.
La poesía mertteana tiene una médula rítmica, musical, que quizá tenga parte de su explicación en un oído cultivado por el jazz. Meretta, como un rasgo más de su singularidad, fue ejecutante de vibráfono. Pero su carácter polifacético se extiende en múltiples actividades. Durante cinco años fue panelista del programa "De puño y letra" que emitió cx 26 Radio Sodre. Es, además, un intervencionista editorial, habiendo participado en cada una de las tapas de sus libros, muchas de ellas bajo la estampa de otra de sus aficiones: la fotografía. Jorge Meretta, además de fotógrafo, integró la presidencia del Fotoclub del Uruguay. Incluso ha incursionado en cine como director y guionista del cortometraje Muñeca rota. Y todo esto sin desatender su profesión de odontólogo, lo cual le valió integrar el profesorado de la Facultad de Odontología de la Universidad de la República, después de haber obtenido el doctorado.

Leer a Meretta es por momentos entrar en un laberinto, en un laberinto clave. El lector avanza en un poema y de pronto se ve en una encrucijada, en un misterio que lo deja perplejo y sin salidas aparentes; en un punto sin soluciones lógicas. La sensación es la de haber avanzado inocentemente hacia una emboscada; la de haber entrado por la puerta del sentido a un sinsentido, la de encontrarse con una trampa epistemológica; o simplemente, la de verse deslumbrado frente a un truco de magia verbal. En este último sentido, Meretta no puede hacer mejor honor de aquella paráfrasis con la cual su más admirado maestro, Walter González Penelas, definió alguna vez a la poesía: la magia evolucionada.

Algunos textos muestran, a la manera de un símbolo urbórico, esa delicada unión de los extremos del poema; construyendo un corpus textual donde las primeras palabras de la urdimbre luego aparecen entretejidas de forma magistral, y sin sabor a redundancia, en el remate del entramado poético. Por ejemplo, del poemario Después de las puertas, el poema titulado Violín: La palabra vil, por ejemplo / me cae a violín partido al medio / porque hay sonidos que debieran / cuidarse de contexto de lenguaje, / de fonemas y alófonos / que un día puedan / salvar al violín de la palabra.
La poética de Meretta tiene un gran sentido de orden. La sucesión de fonemas en el texto parecen sometidos a un concepto de equilibrio tan bien orquestado, que pareciese existir en el poeta, un dominio magistral del lastre de cada palabra en el sopeso general de la obra. Nada es indeliberado, sino producto de la rigurosidad y de cierta obsesión estética como constante. Otra de las características sobresalientes tiene que ver con el carácter sentencioso, contundente, y a la misma vez abierto, de muchos de los finales. Por ejemplo, el poema VII de Laberinto Clave: También debería nombrarte / con un paso tardío / como en aquel patio perdido / a la deriva por tu piel; / sólo allí, como ayer, / sigues desnuda: / brillan tus hombros, arde tu cintura. / Sí, debería llamarte otra vez / o dejaría un hueco vacío para siempre, / un desamparo sin consuelo y unos claros cabellos. / Pero olvido hasta tu nombre para que nada te cubrao el poema IX de Escrito en Casa: Me he tumbado en la cama y eso es todo. / Fumo esperando a nadie si esperar / es escuchar cómo un reloj martilla / sobre el clavo del tiempo. Me desnudo / Regreso hasta mi cuerpo. Estoy mirándome / a los pies que reposan como piedras caídas en el charco de la noche. / Quiero dormir y fumo. Tengo frío. / Tiro de mí. Recojo mis cobijas. / Y me cubro de toda transparencia. O en el libro Trazas, el poema V: La niebla es la hoja de este día / donde quisiera escribir un árbol / Pero las ramas son miopes / un estorbo del verde / en un tronco arrugado del papel. /
Sólo un pájaro se salva del decirse

Por otro lado, hay un Meretta aporístico, metafísico, que juega en los límites del lenguaje y en la interpelación del mismo. Una poética que entra en la profundidad de los problemas epistemológicos a partir del lenguaje. Del poema A caballo: Gasto la piel / rascándome / a espaldas de mis uñas, o en Del blanco Padre: sólo el mirar / del no ver lo que se mira / es ojo; o de El pozo: Cavo un pozo / y escarbo sin llegar al pozo/ el escondite del vacío, o de el libro Basta el poema IV: por una grieta / el tiempo escapa de una pared / Nadie puede saber cómo lo hace, cómo puede dejar a una pared tan sola / y no ser la grieta en la pared del tiempo.

Pero la calidad literaria de Meretta no es algo que se rastree recién en su producción más avanzada. Vale decir, no sólo es el Jorge Meretta mayor de treinta años el que registra un nivel poético valioso. A los dieciocho años de edad, al publicar Ufanía del sueño (1958), ya nos encontramos con un poeta importante: del soneto Por la eternidad de tu imagen: Dime donde está el mármol o el granito / que perdure la sabia de tu albura / y el cincel que burile tu figura / para plasmarte eterna como un grito.
Lo que sigue a Ufanía del sueño (1958) es Isla en el Alba (1961), Ocho poemas de amor (1962), Texto del Día (1962) Oda a Batlle (1963) Amor casi del Mar (1963), El agua innumerable (1963), La otra mejilla (1964), El innacido (1965), Diamor (1977), Canto a Malvín (1977), Por estos días (1979), Alusiones (1979), Ocho Poemas (1970), Viaje personal (1983), Última Voluntad (1989), Identidades y Retratos (1990), 2 Poemas, Pablo Aguiar (1991), Memoria corporal (1991), Todo el adiós (1992), Teolograma (1993), Laberinto Clave (1994), Siesta de Dios (1994), El Ángel del Silencio (1994), Intervalos (1994), Escrito en casa (1995), Memorial y Noticias (1996), Contraluz (1996), Postales y Ceremonias (1997), Memoria del Insomnio (1997), Tanto mundo (1997), El casco y la espada (1998), Ritual de la Palabra (1998), Quince Poemas (1998), Escrito a oscuras (1999), Señal del acertijo (1999), El pasajero (1999), El sobrante del humo (1999), Los alfabetos del fuego (2000), El sobrante del humo. Antología (2000), El relámpago y el círculo (2001), Cambios de sitio (2001), Emboscada de piedra (2002), Cosas de casa (2002), Código Mayor (2002), Nocturno escrito en Jaureguiberry (2002), Botellas y sobremodos (2003), Reliquias del relámpago y otros poemas (2003), ávese (2003), Propiedad privada (2003), El cazador de lluvias (2004), doce poemas (2004), Posdatas (2004), Cierre de cuentas (2005), Palabras cantadas (2005), El escondite es el cielo (2005), El mar Siguiente (2006), Código Mayor. Antología. (2006), Sin domicilio conocido (2007), después de las puertas (2007), Obra selecta (Ed. Biblioteca Nacional, 2008), Trazas (2008), debo/decir (2008), después de todo (2009), Trío (2009), Basta (2009), Dicho a dos plumas (2010), Los espejos del fuego (2010). Esto suma 68 títulos, y es altamente probable que me esté faltando nombrar algunos otros, ya que ni siquiera a través de Meretta pude saber con exactitud sobre toda su obra (Jorge se ha desprendido físicamente de más de la mitad de sus libros) y en el archivo de la Biblioteca Nacional tampoco se encuentra la totalidad. En este sentido, le debo a Gerardo Ciancio el conocimiento de gran parte de su bibliografía.

Algo que llama la atención, es que Meretta no proviene de una familia ilustrada o instruida dentro del plano artístico. Su padre, Juan Pedro Meretta, registraba los cuadernos contables de la empresa textil Campomar & Soulas, y su madre, María Dolores Pomodoro, era un ama de casa dedicada a las labores domésticas. La primera vinculación de Meretta con la poesía fue a través de su tío, Santiago Pomodoro, que una vez le hizo llegar los sonetos de Julio Herrera y Reissig. Misteriosamente ahí surge un idilio, entre él y la poesía, como si ambos se atrajesen de tiempos inmemoriales. Si se puede hablar de ser poeta de raza, sin dudas Meretta lo es.
Jorge Meretta ha sido una persona alejada de los círculos literarios, quizá porque su vocación no fue otra que la de escribir. Pero lo que resulta sorprendente, por decirlo de una forma eufemística, es el escaso conocimiento que hay de su obra y la falta de atención o indiferencia que demuestra la crítica literaria uruguaya (siempre existe riesgo de estatuto en el desanonimato de ciertos disidentes del status quo). No obstante, críticos como Hugo Emilio Pedemonte, Gerardo Ciancio, Hebert Benitez Pezzolano, Rafael Courtoisie, lo señalan como un poeta fundamental.

La poesía meretteana aborda los temas universales de las tradiciones retóricas, con un marcado carácter existencialista. Meretta enfrenta las convenciones, los paradigmas, interpelando la noción de tiempo, el lenguaje, las palabras como investiduras provisionales y encubridoras, el amor como un misterio ininteligible, el erotismo. Cierta recurrencia a algunos elementos conforman algo así como un panorama arquetípico meretteano, o por lo menos, nos dan un acercamiento a la construcción del self del poeta. Los espejos, las manos, el concepto del nombre como significante, son constructos identitarios que se reiteran a lo largo de su obra. Así mismo, diferentes representamenes circundan sobre la libertad como tópico (en tanto formas evasivas del self) como son los pájaros, el cielo, el humo. Y casi siempre ese velo melancólico que se tañe en la lluvia, la incertidumbre de Dios, la muerte, el desamparo, el conflicto ontológico
Las influencias de Meretta las podemos rastrear sobre todo en Francisco de Quevedo, así como en poetas como Saint-John Perse, Rainer Maria Rilke, Luís de Góngora y Argote, César Vallejo, Manuel del Cabral, Ricardo Molinari o en los uruguayos Julio Herrera y Reissig, Álvaro Figueredo, y en su confeso maestro Walter González Penelas, un poeta tan extraordinario como desconocido.

Hoy, a los 70 años de edad, Jorge Meretta, aún siendo considerado por la Academia Nacional de Letras como uno de los mejores poetas uruguayos vivos, se mantiene en una posición desconocida incluso dentro del ambiente literario nacional. Pero como sucede en estos casos, el tiempo terminará siendo el juez más justo, soberano y absoluto. Mientras tanto, algunos seguiremos juntando copas y versos junto a él en el ritual de la palabra.


Juan Pablo Pedemonte, octubre 2010.

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José Parrilla. El profesor de amor.


Quizá nuestro trabajo crezca sobre el vaticinio de Ida Vitale: “Parrilla con su vida andariega es otra historia. Para mí es como uno de esos dibujos hechos con rasgos punteados que hay que adivinar y que quizá alguien completará algún día”. Así que retomamos el trazo para ingresar en uno de los misterios más insondables e interesantes de la literatura y la vida artística uruguaya. Pero antes que Ida Vitale, él mismo profetizó: “Yo voy a ser como Arthur Rimbaud, voy a escribir dos libros y voy a pasar a la posteridad” o como dice al término de su manifiesto surrealista: “Eso hasta hoy, y hasta que Ustedes se venguen de mí, y me hagan inmortal” Hoy hay muestras importantes de esta resignificación, o mejor, de esta reivindicación histórica de José Parrilla.
El documental tenía que llamarse como la edición póstuma completa de su obra: José Parrilla: El Profesor de amor. Así parecía decidirlo él, por la década del cuarenta, cuando con este epígrafe se definía en unas tarjetas personales intentando la provocación de aquel Montevideo de traje oscuro y de un lirismo anquilosado, hegemónico e institucionalizado. “Parrilla era el niño terrible al que los burgueses temían en aquella aldea llamada con pompa “la Suiza de América”. Famoso por sus tarjetas de “Profesor de Amor” que entregaba mano a mano en la calle a los transeúntes, vistiendo un batón negro de su madre, escandalizando al “Tontovideo” (Herrera y Reissig desde la Torre de los Panoramas se reían a carcajadas)” (Mario García, 2008, pp 87).
Parrilla era un raro, quizá por estar demasiado acompasado con el sentir artístico de los movimientos vanguardistas internacionales. De hecho, quizá sea el primer surrealista ortodoxo que encumbró su obra en las veredas montevideanas. “En Uruguay el surrealismo nunca había prosperado, al margen de algunos registros de Selva Márquez, en cierta forma Parrilla introdujo las técnicas de la asociación libre de ideas e imágenes (la escritura automática), el onirismo, la exaltación de lo irracional, el humour –que tanto defendía André Breton-, la libertad formal absoluta, la indagación a fondo en el inconsciente relacionado enfáticamente con lo sexual y la muerte” (Pablo Rocca, 2008, pp 76). Sin embargo, en esos primeros años de la década del cuarenta, la literatura había logrado cierto estatuto, cierta institucionalización, cierto discurso alineado a una estética, si se puede decir, legitimadora y hegemónica. “En ese momento el surrealismo y el Dada, encontraron en Parrilla su tardío e ignorado discípulo. Marginal de todo movimiento o grupo homogéneo, dejó muy pocos rastros de su obra édita y aun mucho menos de su enigmática trayectoria vital” (Pablo Rocca, 2008, pp 73). Gabriel Peveroni señala: “no puedo tampoco, ni debo, buscar ni forzar un falso objetivismo, por respeto a la academia y a quienes deberían replantear la obra de Parrilla en su justa medida aunque se alteren –y con justicia- algunos cánones sagrados que permanecen intocables desde el 45 hasta la fecha” (Gabriel Peveroni, 2008, pp 81).
Parrilla fue faro de importantes poetas como –su alguna vez contertulio- Humberto Megget, y posteriormente de autores como Mario Levrero, que al igual que otros tantos escritores actuales, lo señalan como una importante referencia literaria “Parrilla apenas había cumplido 20 años y fue considerado un maestro por ciertos escritores y artistas plásticos aun adolescentes que hacían su primeras armas en los alrededores de la Universidad y de la plaza Cagancha, sobre todo el café Sorocabana y el Taller Torres García” (Pablo Rocca, 2008, pp 75).
Parrilla es vanguardia. Es un poeta con una lucidez y una sensibilidad artística extraordinaria. No sólo supo traer la escuela francesa al Montevideo de la década del cuarenta, sino que supo dimensionar algunos de los movimientos y obras que se estaban gestando en el contexto local de aquella época. Distinguió, acertadamente, en El Pozo de Juan Carlos Onetti la novela fundamental de la literatura uruguaya, incluso antes de que la crítica de entonces la acreditara como tal. Mario García dice, refiriéndose a El Pozo: “Parrilla al acercarme el libro de Onetti en forma convincente expresó “Lee al mejor escritor uruguayo”. Esto lo dijo en el año 1941 y tenía razón. La vida atestiguó la inteligencia, su clarividencia para percibir la calidad literaria de lo escrito por Onetti en su primera novela” (Mario García, 2008, pp 86).
Con Onetti se conocieron personalmente cuando Parrilla irrumpió en la Agencia Reuter decidido a manifestar su romance con el mundo onettiano.
Así mismo, generó una fuerte relación de amistad con Raúl Javiel Cabrera y una predilección por su obra, pese a que Cabrerita, como se lo conocía, fuese un pintor prácticamente desatendido y marginado. Al mismo tiempo generó cierto vínculo con el maestro Joaquín Torres García, con quien llegó a intercambiar correspondencia y valorar artísticamente en su justa medida.
Parrilla es un desoído de la generación del 45, por trabajar en una estética totalmente distinta a la del canon. Refunda una poética urbana, montevideana, sin concesiones pintorequistas, que lo adelantan incluso a los poetas del 45” (Gabriel Peveroni, 2008, pp 81). No obstante, fue líder de un pequeño grupo de escritores que alternaban entre el Café Sorocabana y bares menos populares como el Yatasto. Este último recuerda largas noches de poesía acompañadas por Pedro Picatto, Liber Falco, Cabrerita, el profesor Roberto Ibáñez y Mario García, entre otros.
Quizá, Parrilla, en una suerte de incomprensión, incomodidad, haya decidido por el año 1948 emigrar hacia España y posteriormente a Francia donde sembraría un movimiento filosófico tan extraño y curioso como su figura: el Esterismo. Al día de hoy, un grupo de franceses y españoles se jactan de ser seguidores y discípulos de él, o del Parrillato, la otra forma de llamar a este movimiento aparentemente espiritual que se gestaría en una especie de castillo en Niza, Francia.
Bajo el nombre José Parilla se constatan dos libros asombrosos: La llave en la Cerradura y Rey Beber, publicados en 1943, y un pequeño manifiesto, El elogio del miembro, editado en el mismo año y bajo el mismo –su propio- sello editorial: Ediciones Ester. Hay versiones que hablan de posibles escritos inéditos que hubiese desarrollado Parrilla en Niza, pero eso es algo más que se agrega al enigma que rodea todo su transcurrir y, que por su parte, motiva una futura indagación.

Juan Pablo Pedemonte. Setiembre, 2010.

Bibliografía

Parrilla, José. El profesor de amor. Obra completa. Ed. Yaugurú. Bibilioteca Nacional. Montevideo, 2008
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